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Se denomina ciudadanía a la pertenencia a una determinada comunidad política. Ésta otorga una serie de derechos y obligaciones tales como el derecho a votar o la obligación de pagar impuestos. Se trata de un concepto nace en la antigua grecia ligado a las poleis y que designaba a un conjunto de la población con derechos de participación política que destacaba por ser poseedor de areté, la virtud, un concepto vago que implica un conjunto de cualidades cívicas, morales e intelectuales. Sin embargo, el concepto ha evolucionado mucho a lo largo de la historia, ¿o no?

La nueva “ciudadanía” reinante en el mundo occidental representa una idea nueva de la condición social humana, un nuevo carácter individual que se rige por aquello que es considerado “correcto” por la comunidad. En definitiva, un modelo alienante de personalidad que hace al individuo dócil y vulnerable ante las barbaries de los sistemas político y económico actuales. Unos sistemas que, sin duda, se sustentan gracias al monopolio de la violencia que albergan y a la constante apelación a la concordia entre individuos y organizaciones de toda índole.

Pero, ¿cómo hemos llegado a esta situación? La respuesta es sencilla. Las atrocidades cometidas durante las grandes guerras del siglo XX han impuesto una clara tendencia a evitar cualquier conflicto en la mentalidad de la masa. Ésto, unido a los sucios valores propios de una sociedad preeminentemente cristiana – tales como la misericordia – y a los avances tecnológicos en la esfera militar – tales como la bomba atómica -, han implantado un miedo constante al conflicto que se plasma, claramente, en la vida diaria de los individuos hasta tal punto que los hace incapaces de luchar por los grandes éxitos fruto de los conflictos ya citados del siglo anterior. Unas conquistas – sociales, se entiende – que costaron millones de vidas.

Un claro ejemplo de la afirmación anterior la encontramos, hoy en día, a pie de calle. La recesión económica fruto de la crisis estructural generada por el profundo endeudamiento generalizado de la sociedad y una mala gestión desde el poder, está sirviendo de perfecta escusa para tirar por tierra avances como la sanidad y educación públicas, o el pago mensual a jubilados y parados. Logros, todos ellos, derivados de la presencia del bloque soviético durante la guerra fría, que servía de espejo al individuo y de freno al imparable neoliberalismo dominante en las estructuras de decisión occidentales. Mientras tanto, a pesar de las duras críticas que reciben estas medidas por parte de la opinión pública, las movilizaciones nunca alcanzan la dureza necesaria para ejercer verdadera influencia, y los gobiernos siguen legislando unilateralmente a favor del capital.

Es, por tanto, necesario reactivar las conciencias colectivas para evitar que sigan socavando aquello por lo que nuestros padres y abuelos murieron para alcanzar. Y toda acción política que no siga dicha dirección resulta, en última instancia, un insulto tanto para ellos como para nuestra propia integridad moral. Debemos de iniciar una movilización a gran escala sin miedo a ser etiquetados de “radicales” – concepto aplicable a aquellos carentes de la areté contemporánea – por los medios de comunicación de masas siempre sometidos a la clase dominante, una calaña que solo se ha preocupado por su propia reproducción olvidándose de que son una minoría abrumadora.

Olvidémonos de lo que se considera correcto, pues dicha idea no signfica el bien, si no tan solo aquello que resulta apropiado. Se trata de una idea inventada, impuesta por aquellos que siguen apelando a la concordia como medio para alcanzar el bien común. Un bien común que, en teoría, debería apelar al bienestar de la mayoría y no al bienestar de unos pocos privilegiados y al mayor bienestar posible para el resto porque, siendo así, cuando las cosas se tuercen es la gente corriente quien sufre las consecuencias.

Por todo esto, debemos apostar por el abandono de la moderación, la concordia y las vías democráticas, pues desde que las adoptamos como forma de reivindicación política, ésta ha sido cada vez menos reivindicativa y más conformista. No podemos olvidar que constituimos la mayoría poblacional y la minoría económica y, por ello, debemos imponernos sin miedo al conflicto, sin miedo, incluso, a la violencia. Es necesario acabar con la hipocresía ciudadana que nos hace confiar en unas vías de acción política colectiva totalmente inútiles y demostrar que no hemos olvidado la capacidad de lucha de las masas cuando están unidas.

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